De tiranos, magnicidios y otras terribles pesadillas: un microrrelato espantoso (¿o no?)

Informo a mis queridos lectores de que, esta noche, mi subconsciente me ha traicionado y -fruto sin duda de las noticias sobre ciertas declaraciones de un líder poco progresista relacionadas con la ley de la gravedad- me han asaltado en mis sueños una pesadilla espantosa que quiero compartir con mis -escasísimos y, por ello, selectísimos- lectores:

En un país mediterráneo vivía un tirano (¿o tiranillo?) dictador (¿o dictadorzuelo?) que escondía su asombrosa estupidez y su infinita maldad tras un rostro pétreo de macarra y unos trajes ajusteras (por ajustados y por horteras en sus hechuras y colores).

Este tiranillo había logrado ascender (¿o descender?) al poder gracias a la combinación infalible del sectarismo avaricioso -y, si me lo permiten, putero y delictivo- de las sectarias y los sectarios de su partido y de la cobardía de la mayor parte de la población liderada por sujetos carentes del más mínimo carisma que fueron proclives al diálogo y al sentido de Estado que escondía su apatía y su secreta esperanza de degustar la fruta del poder -y la siempre asociada y rentable- corrupción que pensaban caería, madura, del árbol por su propio peso (¿o era por la ley de la gravedad?).

En mis sueños creí ver, también, que la oposición confió el destino de su pueblo al Dictamen de la famosa Comisión de Lucrezia y a la “mesa de la vergüenza” pactada -de buena fe- con el tirano y su cuadrilla renunciando de forma grosera a cualquier asomo de soberanía que quedara e ignorando que la naturaleza misma del alacrán le mueve indefectiblemente -como una ley física- a picar a la rana que lo transporta para que la rana muera entre terribles sufrimientos mientras el alacrán (en este caso, el dictadorzuelo), llega tan campante a la otra orilla del río sobre su cadáver flotante de la rana traicionada en su pueril buena fe (disculpen los lectores esta variación sobre un mismo tema de la fabula clásica).  

En el país mediterráneo del cuento, el panorama se completaba por una pléyade de partidos racistas y -llegado el caso (que llegó)- asesinos que ocupaban los extremos izquierdos y los extremos derechos de algunas regiones que se imaginaban elegidas por la Diosa Fortuna para dominar al resto de ciudadanos. Creencia por completo injustificada porque la mera contemplación los rostros y las rostras de sus lideresos y lideresas evidenciaba que el Dios Apolo había pasado de largo el día de su natalicio.

Un buen día, un ciudadano de nombre Bonifacio (profesor universitario para más señas)  salió de su casa con un pequeño arsenal compuesto por un hacha, una bomba, una pistola y una cuerda (por lo de la ley de la gravedad) y, al grito: “estoy hasta las cuestiones” se dirigió al Palacio Presidencial en el   que habitaba el tiranillo y sus 6666 asesoros y asesoras y (¡¡¡!!!)  en ese momento desperté de mi horrible pesadilla. En el mismo instante en el que la Policía del Pensamiento Progresista (PPP) entraba en mi dormitorio para acusarme de delito de odio en grado de tentativa que afortunadamente no pudieron probar.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado (como ha dicho, hace unos días, un extorsionador racista del gobierno cobarde).

ADENDA: “HISTORIAS PARA NO DORMIR”

Debo pedir disculpas a mis lectores por el sesgo intimista de esta entrada que nace de una pesadilla espantosa sufrida en mis sueños de este noche porque pregunto: ¿A quién le importan mis sueños?  Y al momento respondo: absolutamente a nadie.

Pues bien como desde pequeñito he mostrado una tendencia a ser contumaz en el error, vuelvo con esta adenda a incurrir en el error autobiográfico (que me temo que oculta una muestra soterrada del vicio nefando de la vanidad combinada con el exhibicionismo).

Pues bien, una vez realizado el disclaimer procedo a relatar dos HISTORIAS PARA NO DORMIR visuales que temo interferirán de nuevo en mis sueños: 

a) “Mi Cristo luce joven y bello

La primera nace de la contemplación de una imagen de Jesucristo que parece va a lucir en la Semana Santa ¡de Sevilla!

La repulsión automática que -cual si quien suscribe fuera al famoso “perro de Pavlov”- ha producido en mi conciencia ética y estética se ha visto de inmediato compensada al conocer las declaraciones del artista creador diciendo “Mi Cristo luce joven y bello”. Dejando a un lado la posesión explícita de esas palabras (que de por si sería execrable) invitamos a nuestros lectores a realizar la siguiente reflexión: En nuestro país es extremadamente fácil mostrar un cartel que supuestamente debería mostrar el paradigma del dolor humano subliminado en forma de piedad que siente hasta el tuétano la religión mayoritaria recurriendo a la imagen de un ser de difícil -más bien, imposible- encaje sexual binario ataviado con un vestuario mínimo más propio de un desfile de moda alegre que de las procesiones bellísimas de la Semana Santa Sevillana.

Y lo peor es que esta exhibición de mal gusto ético y estético se paga por las Administraciones públicas de todo signo político con nuestros impuestos, so pretexto de una libertad de expresión hemipléjica.

Menos mal que estamos persuadidos que esos mismos creadores originales y valerosos y esas mismas Administraciones públicas generosas hasta la prodigalidad no tendrán problema alguno en exhibir a los iconos de otras religiones próximas geográficamente en estados tan lamentables.

b) “Ocho en el patíbulo”

La segunda historia para no dormir visual que temo interferirá de nuevo en mis sueños es la imagen de la portada de un conocido Diario de difusión nacional que muestra ocho rostros de seis luchadores y dos luchadoras por la independencia y la libertad de una región cuya bonhomía les ha permitido diseñar actos terroristas que hubieran sido daños colaterales en el camino hacia de limpieza de su raza.

El problema es que, cuando veo las caras de esos seis hombres y dos mujeres me suceden dos cosas: primero, constato que el Dios Apolo ni se acercó de lejos a sus lugares de nacimiento (aun cuando se pueda determinar su filiación); y, segundo, me sugiere el título -un tanto manipulado- de la célebre película: ” Ocho -que deberían estar- en el patíbulo”.