Manual de la infamia

Tal y como acaba de anunciar mi maestro en la entrada de su blog de esta misma fecha, cogemos el testigo de su balance de la infamia para seguir  elaborando más partidas del pasivo cuál orfebre espantado por el espectáculo al que asiste con la esperanza de preparar el Manual de la infamia prometido.

Y, en línea con lo advertido en dicha entrada, avisamos al respetable que su sensibilidad puede resultar dañada si practican el arte efímero de la corrección política, tan extendido en las Universidades tanto patrias como extranjeras, particularmente las estadounidenses que suelen pretender combatir la falta de sedimento histórico cultural con grandes dosis de dinero (el lector inteligente encontrará en este párrafo tres ejemplos de incorrección política progresista).

Confesamos que practicaremos con entusiasmo el peligroso arte de la incorrección política que de seguro nos conducirá a la cancelación, que es el paraíso terrenal de los librepensadores en el que soñamos ingresar para conversar y debatir libremente con seres libres.

Para que nuestros lectores se vayan haciendo una idea de las próximas entradas, anticipamos sus títulos y una síntesis telegráfica

El precio del tiovivo: el coste ciudadanos de los giros de las puertas giratorias 

Esta entrada partirá del espectáculo lamentable que estamos presenciando, desde más tiempo del recomendable, en el que vemos como políticos y políticas ignaros e ignaras van saltando de unos consejos de administración de empresas públicas -algunas cotizadas- a otros como si fueran trapecistas enloquecidos de poder y de avaricia. Este espectáculo circense sería entretenido y admisible si no fuera por el pequeño detalle de que tiene un alto coste para los fondos públicos sobrealimentados gracias a nuestros impuestos

El precio de los gritos y susurros; el coste de la financiación asimétrica 

Esta entrada partirá de que, en los últimos días, hemos visto, estupefactos, la contumacia de los gritos lesivos de la independencia judicial de una diputada nacionalista amenazante dirigida por los susurros de un delincuente fugado. Es más, hemos presenciado como la individua en cuestión, lejos de corregir sus exabruptos, ofrecía una versión aumentada de las amenazas desde un medio de comunicación cercano con la única explicación de la convicción de su presente y futura impunidad.